Lectura recomendada: ¿Perdón? ¡Por supuesto!

11 de Noviembre de 2008

Aldo Mariategui
La Columna del Director - Correo

Si usted está leyendo tranquilamente está columna en algún lado y yo puedo trabajar sin problemas es gracias a que nuestras Fuerzas Armadas derrotaron al terrorismo. Usted o yo ya estaríamos muertos o en un campo de reeducación comunista o refugiados en el extranjero (los más afortunados).

Lo de Sendero no era broma. Como su admirado Pol Pot, estos implacables asesinos ideologizados estaban dispuestos a matar a millones de peruanos con el fin de llegar al Año Cero para quedarse con una masa pasiva y moldearla de maoísmo. Y crueldad con determinación no les escaseaba: ponían coches bomba indiscriminadamente, mutilaban campesinos, les sacaban los ojos a los soldados, secuestraban niños, quemaban pueblos, mataban ganado, hacían barbaridades. Basta recordar las bestialidades que le hicieron a la reconocida ecóloga Bárbara D’Achille para asesinarla. Y los del MRTA, esos gángsters castristas a los que fue muy cercano nuestro actual Premier, no se quedaban atrás, con raptos inhumanos donde dejaban guiñapos, como a Vera Ballón.

Por eso apoyo incondicionalmente estos proyectos de perdón a los militares.

¿Que hubo excesos? Seguramente, y los lamento. Pero era una guerra, no un picnic, como bien dijo el propio Mao Tse Tung para describir una Revolución.

Y en las guerras pasan inevitablemente cosas penosas porque se viven situaciones sicológicamente extremas. Era un conflicto en páramos lejanos, donde no sabías quién era tu enemigo, donde estabas pésimamente equipado y donde te iban a sacar la lengua y hacértela comer si te capturaban vivo. No podemos ser tan tremendamente desagradecidos con estos veteranos que pusieron el pecho para detener a esa máquina de muerte, no podemos hacerlos pasar la ordalía de vivir juicios eternos sólo para que Ernie y sus patas de las ONG anden felices con sus egos, recibiendo palmadas, premios y fondos del extranjero, sintiéndose todopoderosos detrás de sus cómodos escritorios mientras el soldadito, el pobre cholito que comió mierda para que esto no sea un cementerio gigante, es ahora crucificado, gastando todo su tiempo y dinero para defenderse de estos nuevos verdugos frente a una sociedad indiferente.

Y éste es un tema generacional. No vengan los chiquillos de ahora, los universitarios, los menores de 30 años, los que no la vieron de cerca, a ponerse exquisitos con los derechos humanos, pues a ellos no les han explotado cincos bombas cerca como a mí, no han tenido que gatear por el suelo de su casa mientras zumbaban las balas y el pánico surgía cuando atacaban la embajada de la esquina, ni asistir a un montón de velorios, ni experimentar apagones con ráfagas de disparos por todos lados, ni sentir booms lejanos que revelaban algún bombazo más en la ciudad, ni redadas diarias encañonados por uniformados nerviosos. Lo que para ellos es una cuestión lejana y abstracta es algo muy presente para los supervivientes, para aquellos que escuchamos el Terror a través de las paredes, como bien escribió el poeta Ginsberg.

¿Perdón? ¡Por supuesto! Es lo mínimo que le debemos (y un monumento como aquel que hay en Washington a sus veteranos de Vietnam que acompaña esta nota). ¿O acaso no se le dio perdón a Yehude Simon y muchos de estos compañeros de viaje del Terror? Y si se molestan afuera los padrinos de las ONG caviares, pues a mostrarles el dedo medio y a ignorarlos. No va a pasar de un poco de chilla y la vida seguirá igual. Ni las ONG ni la Corte de San José van a bloquearnos o invadirnos.

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