Gobierno debe mantener rumbo mientras naveguemos por aguas turbulentas

En tanto el mundo se encuentra en el ojo de un huracán financiero implacable

Valentin Gazzani Bosworth
La Razon

El mundo se encuentra en el ojo de un huracán financiero implacable, sin rumbo fijo, que corre hacia su conversión en tormenta leve o a la destrucción de lo que encuentre a su paso. Es el resultado de la idea gaseosa del gobierno del señor Clinton cuando decidió por sí y ante sí que quienes no poseían bienes tangibles para garantizar préstamos para vivienda, deberían ser apoyados por el gobierno federal (algo parecido a lo que en pequeño le ocurre al sistema peruano con la condonación permanente a los jardineros-agricultores, hijos de la reforma agraria).

Soltó la idea al mercado financiero en el supuesto de que una economía tan fuerte como la suya, con dominio absoluto sobre los dineros de todas las naciones, les daría la oportunidad de salir de la pobreza a los beneficiarios, introduciéndolos en el mercado de consumo. Pero como ese segmento crediticio no estaba regulado, se desbocó en el curso de los años hacia la especulación financiera y ya vemos los resultados. No sólo perdió credibilidad financiera EEUU sino que, tarde o temprano, afectará poco o mucho a todos los mercados, incluyendo los emergentes, que han ido eliminando poco a poco y paradójicamente, la pobreza de sus poblaciones.

Es cierto que Perú, Colombia, Brasil y Chile estamos mejor protegidos que otros países de la región, pero nada nos salva de ser tocados por la crisis, que se ahondará en Centroamérica y en Paraguay, Argentina y Bolivia, ésta última –a pesar de sus riquezas naturales- convertida en otra Haití, ¿Cómo hará Evo por ejemplo, cuando a partir del 2009, EEUU le retire las preferencias arancelarias y sus pocos productos de exportación (unos cuatrocientos millones al año) deban pagar aranceles para entrar a ese mercado? ¿Qué país le pagará mejores –o iguales- precios por sus productos?

Se le viene la noche al antiguo Alto Perú, que hoy quiere involucrar a los habitantes del altiplano en la revancha de siglos por romper la unidad política de nuestro país, donde el antiperuano que encabeza esa monstruosidad separatista en el sur es el presidente regional de Puno, Hernán Fuentes. El sátrapa Chávez no podrá ayudar mucho ni a Fuentes ni a Evo, porque él mismo enfrenta muy serios problemas económicos debido al derroche y a que si el precio del crudo se mantiene entre 80 y 90 dólares por barril, Venezuela entrará en un equilibrio peligroso de su balanza, pues exporta 60 y pico mil millones de dólares mensuales, pero importa (hasta la lechuga) por 50 mil millones mensuales.

Es también cierto que los mercados internos de Perú, Colombia y Chile tendrán precios más bajos, asequibles a sus poblaciones, pero todos deberemos soportar una inflación no solicitada, escasez a veces, y altibajos financieros aunque no al extremo de irnos al diablo como les sucederá a otros países menos previsores. A Dios gracias, en este tema, estamos a la par con Londres, como decían nuestros abuelos.

Esta es, seguramente y aunque no estemos de acuerdo, la razón de ser de la presencia de un ministro de Economía como el actual (y de sus antecesores inmediatos) y, también, el por qué del pleito interno en Chile entre los civiles que quieren recortar el gasto y los militares, que al revés de los nuestros (gracias a Paniagua, Toledo y los caviares) tienen miles de millones a su disposición, cuyo gasto justifican comprando armamento, pues Chile es tan chiquito que ya no hay en qué invertir, mientras que acá está todo por hacerse.

En lugar de los chilenos enfrentarse al Perú deberían hacer lo imposible por ir en sentido contrario. A propósito, en estos momentos de crisis y a titulo de especulación ¿Cuánto tiempo le tomará a los chilenos preparar personal militar para manejar los misiles que le están por comprar a Rusia? Es que ellos no tienen equipamiento ruso, nosotros sí. Se ve claramente que tal operación de compra es para neutralizar las intenciones del Perú, que pretende modernizar su flota militar.

Sería un símil de lo que pasó una década antes de la guerra de 1879 cuando su servicio diplomático convenció a Europa y EEUU que no apoyasen nuestras compras. Pareciera que nunca nos dejarán desarrollarnos en paz, a pesar que todos les acogen con amabilidad acá en el Perú donde más de uno habla de integración, lo que está muy bien, siempre y cuando tengamos un arma bajo la almohada, porque con los chilenos nunca se sabe.

Lo que no debemos detener por la crisis es la continuación de las obras de infraestructura y de apoyo a la inversión social focalizada no generalizada, como ha sido siempre y que ha permitido tanto abuso. Además, se debe informar a la población de las obras, dineros y programas de inversión que tienen sus presidencias regionales y sus municipios, para que de esa manera los votantes puedan elegir más acertadamente en las ya cercanas elecciones regionales y distritales.

Lo que no está bien es que, en medio de la crisis financiera, se quiera subir el precio del gas, ¿Acaso escondieron este tema cuando propusieron el cambio de matriz energética? ¿Por qué el Colegio de Ingenieros no lo advirtió a tiempo, en lugar de dedicarse al juego político y psicosocial?

Viene a colación este tema porque pareciera que no hay entidades o autoridades que difundan, manifiesten, critiquen o propongan temas de alcance nacional que involucren debates y discusiones acerca, por ejemplo, de la condición de atraso de puertos y aeropuertos y servicios conexos de ayuda satelital, de la nula existencia de naves peruanas en el mar de Grau para servicios de exportación y cabotaje.

También, del primitivismo de la infraestructura de acceso a los puertos y aeropuertos incluyendo la inexistencia de infraestructura ferroviaria que debería ser prioritaria en el Perú, más un largo etcétera, que deberemos solucionar a corto plazo, si queremos seguir creciendo, pues hemos llegado rápidamente al lugar donde estamos y que comenzamos hace 15 años, pero avanzar ahora sin contar con algunos de los elementos señalados, será más lento y más costoso.

Nos quejamos que vengan extranjeros a invertir en nuestro desarrollo, pero ¿Dónde están los empresarios peruanos que osen arriesgar su billete en el Perú, o es que los hay pero no tienen conocimientos suficientes para hacerlo? Los mercantilistas no son inversionistas, tienen su plata afuera y son los que más se quejan cuando no se les protege. Ahora es distinto a épocas del ayer, ya que en todas las ciudades importantes hay cenáculos y empresas que se han hecho de la nada.

Ya no son unas cuantas familias quienes tienen el dinero. Que aquellos se junten entonces en corporaciones y salgan al mercado a invertir en lo que el país necesita. Hay más de un ejemplo que demuestra que se puede hacer inversión peruana de gran futuro, como en los casos de productos lácteos, acerías, bebidas, etc. Esa será la base futura de la inexistente derecha o centro derecha peruana que tanta falta le hace al balance de la mediocridad política actual. Una derecha no ortodoxa, al estilo de un Sarkozy.

Ni qué decir del ámbito de las fuerzas de seguridad del país. Su estado de abandono es patético en lo moral, en su falta de modernidad de equipos y conocimientos del personal y en la falta total de apoyo económico. A pesar de las críticas de más de un “especialista” (caviar, generalmente), no hay país en la Tierra que se considere grande, sin fuerzas armadas disuasivas adecuadas, aunque nunca sean utilizadas.

Por último, es incomprensible que la así llamada “gran prensa” le haya dado nula importancia al viaje del presidente Alan García a Brasil, sea por ignorancia u olvido, más por aquello que por esto. Este es quizás, el acontecimiento geopolítico más importante (además de la reunión del APEC que se viene) que ha realizado un gobierno peruano con miras a establecer el ritmo del futuro y las metas por alcanzar en el panorama globalizado, del cual es parte integrante importantísima nuestro país. Es que a los caviares sólo les interesa su vanidad y su bolsillo, no les interesa el país.

En conclusión, al pasar el susto nuevamente el sistema se repondrá aunque con otra cara, casi nula especulación y precios reales. En consecuencia el Perú debe seguir adelante con sus planes y programas de evolución positiva, sabiendo que por un tiempo navegaremos por aguas turbulentas que afectarán algo del crecimiento, siempre y cuando el gobierno tenga las agallas para mantener el rumbo, a pesar que antiperuanos como los comunistas levantiscos, las ONG caviares, algunos curas irredentos y politicastros ignorantes, promuevan paros y algaradas, con el fin de enlodar la visita de los líderes de APEC. El gobierno tiene que buscar el método que sea para acallar las voces grotescas que conspiran contra el Perú.

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Por Julio María Sanguinetti. Ex presidente del Uruguay
El Comercio

Desde 1929 no se ha visto algo igual. Y, como siempre, todos miran al Estado cuando las papas queman. Confirmando a la historia, en el terror del naufragio económico, las soluciones políticas manejadas por los Estados son los únicos salvavidas disponibles. Normalmente, hasta el día antes han sido despreciados tanto el Estado como la política, y quizás nunca como ahora ha sido más rotunda la paradójica contradicción, con un Gobierno republicano en el timón de la Casa Blanca comprando activos bancarios deleznables, nacionalizando empresas de seguros y salvando bancos de inversión de aventuras fantasiosamente especulativas. En grande, lo que en chico hemos hecho los países subdesarrollados más de una vez, cuando se nos ha caído la estantería, con los consiguientes retos de los organismos internacionales.

Escribimos desde el Cono Sur de América, donde aún no hay conciencia de la crisis. Se la mira como a un hecho lejano, como a los aviones terroristas de las Torres Gemelas, algo horrible que ocurrió y que presumiblemente nos pueda causar alguna molestia, pero no mucho más. Los diarios y la televisión informan de la situación y los analistas especulan; a nivel colectivo, sin embargo, ni en Santiago, ni en Buenos Aires, ni en San Pablo, ni en Montevideo hay alarma. Los gobiernos, naturalmente, llaman a la calma, pero se advierte un peligroso tono de “tout va tres bien, Madame la Marquise…”.

Algunos gobiernos, incluso, se han tomado a broma la cuestión, sacando pecho con nuestra superioridad frente a quienes, hasta hace poco, nos daban lecciones de desarrollo.

No hay duda de que estamos ante una crisis financiera y que, como todas las de su naturaleza, convoca a todos los odios. Las finanzas son algo bastante misterioso y no hay nada como algo que no se conoce bien, para que se le odie. En ellas no hay producción tangible, no hay creación visible, y lo único que se ve es jugar con las subidas y las bajadas del mercado para obtener ganancias que no responden al trabajo, sino a las habilidades de un oficio extraño, a la audacia y a la suerte. En el caso, ni siquiera se trata de los bancos comerciales tradicionales que viven de prestar dinero, actividad repudiada por todas las religiones. Ni siquiera eso. Aquí no se sabe si es dinero. Son papeles que indirectamente refieren a operaciones reales, pero que son solo papeles, papeles que se emiten sobre otros papeles y así sucesivamente. El fin no son los objetos, sino el dinero; aquellos son apenas el pretexto. En una palabra, estamos ante algo naturalmente llamado a convocar los odios. Exacerbados, además, por la “plata dulce” de las fortunas amasadas por los ejecutivos de estas empresas, que han exhibido estos años automóviles, yates y relojes concebidos para la envidia.

Como dice Felipe González, “de broma, pero en serio, podríamos decir que el capitalismo no se contrapone al comunismo, por extinción de este, sino que se mira en su propio espejo y constata que la imagen que le devuelve es fea y fuera de control”. El hecho es que nunca se dijo que el capitalismo fuera hermoso. Es eficaz, tan eficaz como un revólver o el filo de un bisturí. Depende de cómo y para qué se usen. Es un sistema derivado de la propiedad privada y la economía de mercado, pero que asume modalidades diferentes y procedimientos muy variados. Hace ya unos cuantos años, cuando caído el Muro de Berlín, la señora Thatcher y el presidente Reagan ensayaban su revolución liberal (o neoliberal, o conservadora, o neoconservadora), Michel Albert, antiguo comisario general del plan francés y presidente de una gran compañía de seguros, escribió un excelente libro, “Capitalismo contra capitalismo”, en el que oponía dos concepciones del mismo sistema: el modelo “neoestadounidense”, fundado en el éxito individual, las expansiones rápidas y el provecho financiero a corto término, por oposición a lo que llamaba el “modelo renano”, practicado en Alemania, Suiza y de algún modo en Japón, menos seductor, más calmo y volcado hacia el éxito colectivo. El primero tenía –y tiene–la bolsa como escenario, donde las empresas son financiadas por miles de inversores que ni idea tienen de cómo están manejadas, mientras el otro descansaba –y descansa– en la banca comercial, siempre desconfiada, siempre pidiendo garantías, recelosa de los crecimientos rápidos.

Es evidente que hoy estamos ante una crisis de esa primera modalidad, que por cierto no caerá, pero que llevará la báscula hacia el otro lado: regulación del Estado, desconfianza a la especulación febril, búsqueda de seguridades más que de ganancias.

El hecho es que nuestros países, que miran y contemplan, comenzarán –inevitablemente– a sufrir un proceso de ajuste. La fiesta terminó. La soya, princesa de la agricultura en la última década, ha perdido 30% en un mes, a la hora de escribir estas líneas, y nadie sabe bien en qué terminará. Lo mismo viene ocurriendo con los demás alimentos, notoriamente con el petróleo y presumiblemente con las materias primas en general. La exportación de esos productos generó aumento de actividad y grandes recaudaciones fiscales. Ha de pensarse que esas grandes recaudaciones disminuirán –y aunque no se caigan a los niveles anteriores– y en la mayoría de nuestros países se enfrentarán a presupuestos públicos notoriamente acrecidos. Nunca ha habido tantas reservas, es verdad, pero bien sabemos que si se empiezan a disminuir por la aparición de déficit, llevan a la temible corrida hacia abajo.

De todo lo cual resulta que, sin ser agoreros, no hay duda de que el ciclo ha cambiado. Algunos han despilfarrado los buenos años, como Venezuela, compradora de armas y empresas extranjeras, otros los han aprovechado, como Brasil o Perú, receptores de fuertes inversiones. Pero unos y otros tendrán que mirar esto con prudencia. Y no soñar con que estamos “blindados”. Porque en este mundo globalizado nadie deja de degustar algún bocado cuando viene el festín, pero, por suerte o por desgracia, nadie está inmunizado para las epidemias.

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