Reflexión sobre la necesidad de reconstruir una comunidad de memoria que nos proyecte como nación
Jorge Basadre Ayulo
La Razon
¿Es el Perú una Nación? ¿Es el Perú una auténtica República? Ante el pesimismo, por estas interrogantes, las respuestas negativas nos suelen agobiar. “Una Nación -señalaba el insigne francés Ernest Renan en el año 1882, que aún recordamos pese a los años que han pasado- es un alma, un principio espiritual”. De un lado está el ayer, el pasado que vivieron nuestros ancestros: años dulces, trágicos, ingratos, en un conglomerado de sentimientos vividos con patriotismo, amor y gratitud.
Una es la posesión en común de un rico legado de memorias; el otro es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de seguir apreciando la herencia que uno ha recibido como una posesión en común. ¿Cuál es ese “principio espiritual” para hacernos sentir peruanos? ¿De dónde nace el entusiasmo que nos ha movido y nos mueve como pueblo, como Nación, como República?
¿Cuál es la herencia común que se ha ido formando a través de los a menudo contradictorios episodios de nuestra agitada y azarosa historia republicana, y que nos hace mirar el futuro como compatriotas? Son preguntas que rondan entre nosotros como fantasmas malignos, y como tales, a veces aterran a los peruanos.
Releamos otra vez las vibrantes y sabias páginas de Renan, el insigne pensador. Para este filósofo el “rico legado de memorias” no está constituido por el pasado en sí mismo, sino por el relato o la narrativa que se construye y cuenta acerca de qué pasó. La memoria es un acto selectivo que recolecta e ilumina ciertos acontecimientos, mientras los dejan pasar o los suman en el olvido.
Mi amigo Pablo Macera me refirió que al preparar su libro de Historia del Perú en el tema de la guerra con Chile de 1879, detuvo el tiempo y postergó el tema, así como lo acontecido posteriormente. Lo que nos hace la Nación que somos, es lo que recordamos, y también lo que olvidamos. “Olvidar -señaló Renan-, y hasta diría que el error histórico, son factores esenciales en la creación de una Nación” y a veces nos escapamos de esa coyuntura.
En esta misma línea reflexiona el filósofo israelí Avishai Margalit. Para éste, “la Nación es una comunidad de memoria”; más específicamente, una “memoria compartida”, que “integra y calibra las diferentes perspectivas de aquellos que recuerdan un episodio”. No se trata de algo natural, que está ubicado como la geografía: al contrario, la memoria compartida viaja de persona a persona a través de instituciones, monumentos, archivos, conmemoraciones, literatura, cine, radio, televisión y todo tipo de medios de comunicación para las masas.
Ave Fénix
Margalit admite (igual que Renan) que la memoria compartida está usualmente confrontada con la historia, pues su construcción navega “entre la búsqueda de la verdad y la búsqueda de mentiras nobles”. De estas “mentiras”, nobles o deliberadas, nacen, precisamente, los mitos, epopeyas, leyendas y héroes, nutrientes básicos de un ente que, como la Nación, “necesita una constante dimensión épica para sobrevivir”.
Dejemos las leyendas y las pequeñeces. Por ejemplo, Alfonso Ugarte fue patriota y mártir cayendo al abismo del morro de Arica. Otras almas amargas dirán que la cabalgadura para en seco ante la evidencia de un abismo. Pero, ¿qué importancia tiene? Alfonso Ugarte, joven y millonario, tenía pasajes en barco para viajar a Europa con su madre y padrastro, y enrolóse en el ejército peruano a sabiendas que marchaba a la muerte. Peleó con inusitada valentía con los colores bicolores adheridos a sus testículos y tuvo muerte heroica a caballo o desmontado de él en la lucha bravía en defensa de la Patria, dulce y cruel, por una bala disparada o el cuello cercenado por el filo de un corvo alevoso.
¿El Perú es una Nación? Hay que repetir la pregunta sobre el extinguido siglo XX. La respuesta es afirmativa, sin hipérbole alguna. Existió el fracaso de la democracia y la violencia sistemática y masiva de los derechos humanos que ello trajo consigo, pero a puchos. En el siglo XX, sangriento, tuvimos las orgías de Sánchez Cerro y Velasco Alvarado que sin querer queriéndolo destrozaron al Perú.
Pero resucitamos como ave Fénix, sumidos en las llamas para seguir con vida y volver a nacer. ¿Estaremos dispuestos los peruanos a reconstruir una memoria compartida que integre las perspectivas de cada uno? ¿Tendremos la voluntad de renunciar a la mentira a la que nos hemos sujetado y aceptar el olvido, con el fin de alcanzar una comunidad de memoria? ¿Desaparecerán los funcionarios que sólo trabajan para sí? ¿Las injusticias?
Justicia democrática
Sería fatal para Perú dejarse arrastrar por la desesperanza, renunciando al esfuerzo de reconstruir una comunidad de memoria que nos proyecte como Nación, superando los quiebres de la última mitad del siglo XX.
Desde otro punto de vista rechacemos el contrato social y proponemos la democracia basada en el consentimiento del pueblo (Barbara Goodwin. El uso de las ideas políticas. Barcelona, 1987. p. 233). En la República, el gobierno busca el bien del pueblo y a veces lo olvida.
Los principios de esta justicia democrática son las siguientes: 1) La supremacía del pueblo a través del sufragio; 2) El consentimiento de los gobernados; 3) El imperio de la ley, lo que fue desmentido en los años de Sánchez Cerro y Velasco Alvarado; 4) La igualdad de oportunidades; 5) El conseguir la seguridad jurídica para cada individuo, rico o pobre, cualquiera sea su raza, credo o filiación política. Queda tinta para muchas páginas sobre esta temática.
Pero, no todas estas ideas están conectadas, pero si interferidas. Mi eminente profesor universitario de la asignatura de Derecho Constitucional doctor Raúl Ferrero Rebagliati, fue quien hizo conocer a sus alumnos y futuros abogados, que el Perú “era una republiqueta”. Lamentablemente, el Perú resulta un país distorsionado en la teoría y en la práctica. Continuemos en esta feliz metáfora de “republiqueta”. Tuvo razón el maestro. Pero además, constituimos una democracia en el sentido amplio de la palabra, pero cada ideología distorsiona este término, sumida muchas veces en la decadencia moral y espiritual. Preguntemos a los vientos: ¿ha fracasado la democracia en el Perú?
Contrato tácito
El pueblo muchas veces es libre sólo durante la elección del Presidente de la República, y de los parlamentarios, y, una vez realizado el acto de sufragio “el pueblo viene a ser nada” (Barbara Goodwin. El uso de las ideas políticas. Barcelona, 1987. p. 248).
Rousseau decía en el Contrato Social que existe en el hombre el contrato tácito, por el que cada individuo renuncia a su libertad para estar sujeto a la ley con el denominado reaseguro mutuo. Este no resulta del todo aceptable, ya que la frustración de algunos no es aceptado por todos. El individuo resulta ser el sujeto básico y la razón de las leyes “resulta un ideal desacreditado”.
El Perú constituye una Nación y una República libre e independiente desde antes del 28 de julio de 1821, cuando el General José de San Martín sentó las bases de principios autónomos e independentistas en diversos lugares del país. La igualdad política fue alcanzada, pero muchos peruanos estuvieron sometidos a mil farsas, empezando por la Corte Suprema a la que un eminente profesor sanmarquino, doctor Eduardo Mimbela de los Santos, nos decía que “era la sede de la fatalidad humana”. Pero, en Perú, no cabe “sociedades plurales”, como sostenía Rousseau (El contrato social. Libro II. Cap. VII), grupos con intereses antagónicos, destructores. Quitémonos el barniz de las tomas de calles, de las huelgas ilegales, la sanción a los que no conforman o quieren conformar una Nación pacífica, una República sana. Busquemos la sal de la vida.
Todos unidos en esta Nación y República que a pesar de todos nuestros defectos, no busquemos el exceso del totalitarismo. No imitemos a nuestros vecinos y no nos introduzcamos en sus problemas. Admiremos la Nación y la República. Habrá que abogar por ella; busquemos la homogeneidad de intereses comunes. En este recuerdo invoquemos a don José de San Martín y su hueste heroica, busquemos la capacidad plena para autogobernarnos.
República con fe
La paradoja es la debilidad conceptual de la Nación: crear el caos y el desorden. Evitemos la desestabilidad. Creer en algo digno para convertirnos en una Nación, quizá fatal, pero unida por sus integrantes, una República con fe y esperanza. No “una republiqueta”. Debemos adaptarnos a la mayoría, sin cometer deslices. Ello viene a ser un compromiso racional ya pasado el 28 de julio y las fiestas patrias celebradas.
Debemos responder con énfasis que constituimos una Nación, bajo la forma de República. Esta es mantenida incólume desde los años de José de San Martín y ha sufrido resquebraduras e intentos de fraccionamiento desde que las proclamas independentistas culminaron en Lima, después de haber sido lanzadas al viento y ante la aceptación de las masas.
Postulados democráticos no ocurren en la realidad
La forma aceptada por nosotros, además una posesión dentro de los cauces de una teoría democrática clásica: la supremacía del pueblo, el consentimiento de los gobernados, el imperio de la ley con métodos pacíficos para resolver los conflictos, la existencia de bienes comunes o intereses públicos, el valor del ciudadano como tal, y, la igualdad en los derechos civiles para todos los individuos.
Es lamentable que desde hace años pasados, estos postulados no ocurren en nuestra realidad. La supremacía del pueblo no existe, sino éste constituye una rama de los grupos dominantes de los poderes ejecutivo, legislativo, y judicial. Existe un lamentable caos entre ellos sin intelligentsia, con muchos parlamentarios mediocres, fariseos y sin conocimiento de nuestros problemas.
Las normas legales, en muchos casos, están dirigidas a satisfacer intereses de grupos de poder, y, la justicia peruana es de los ricos, ante una terrible lentitud que desespera. Además, constituye un medio caro en la que no existe igualdad en la báscula: ésta muchas veces tarda años que la hace ya ilusoria.
Sentimos que perdemos la fe en la República y existe un tufo latente contra los principios democráticos básicos por lo que quizá la única posibilidad es la introducción de normas ad hoc para tal eventualidad que no debe ocurrir. Levantemos un clamor: no cabe la mentira en esta República quizá no auténtica, pero sentimos una fe terca e inquebrantable en ella.
La Nación y la República del Perú atraviesan un momento excepcional dentro de su azarosa historia republicana. Dejemos de lado las variantes económicas. Podemos evitar el concepto “nefando”. Sigamos adelante.
¿Nación y República? La respuesta es afirmativa, aunque los peruanos debemos evitar la destrucción material, la destrucción espiritual, y esperamos la nueva política educacional que fue empezada en los años 1956-1958 y luego cortada. Los responsables de la Nación y la República -todos ellos- debemos evitar la crisis que puede ocurrir. ¿Cuándo? No la podemos predecir.
