¿El fin de la solución limítrofe Perú y Chile?

El fracaso del arbitraje norteamericano por la conducta dolosa de Chile

Jorge Basadre Ayulo
La Razón

Durante los periodos presidenciales de Leguía en Perú y Alessandri en Chile, las tensiones diplomáticas entre ambos países para la solución del status de Tacna y Arica, disminuyeron por lo menos en una esfera de obtener el finiquito total al problema limítrofe y con lo pactado expresa e irrevocablemente en el Tratado de Ancón, pese a que éste se encontraba fulminado por la violencia, voluntad viciada y falta de agente capaz en suscribirlo por parte del Perú.

La solución al litigio sobre las provincias cautivas, fue sometido al arbitraje del presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, siempre país pro chileno, en nuestra opinión. El protocolo respectivo fue suscrito el 20 de julio de 1922. Así bajo los gobiernos de Alessandri por segunda vez y los mandatarios efímeros que le sucedieron y de otro lado Augusto Bernardino Leguía y Salcedo, debió tener lugar el plebiscito, que en su laudo, fijó el presidente Coolidge para las provincias de Tacna y Arica.

“Entonces fue establecida una comisión plebiscitaria integrada por el general John J. Pershing, héroe de la Primera Guerra Mundial, y el general William Lassiter después y los miembros don Manuel de Freyre Santander, peruano, y don Agustín Edwards, chileno” (Jorge Basadre Grohmann. Chile, Perú y Bolivia Independientes. Barcelona, Salvat, 1948. p. 620). Es decir, desde un punto preliminar a la solución del problema limítrofe sobre las provincias cautivas, con clara ilicitud habíamos alcanzado al menos un logro, pero pírrico al final de cuentas, apareció un destello de luz, que luego sería quimérico y efímero, en este conflicto limítrofe desde el año 1894 que para Chile “era un conflicto después de la victoria” al decir del doctor Luis Alberto Sánchez y Sánchez (Testimonio Personal. Lima, Mosca Azul, 1987, Tomo I, p. 220).

Esta decisión para solucionar los fines limítrofes en el sur peruano, constituyó un giro de ciento noventa grados. Chile nunca consideró estimable a sus intereses, utilizar el arbitraje para solucionar los problemas internacionales con el Perú y Bolivia. Esta fue la tónica llamada por el gran patriota y experto en la materia doctor Alfonso Benavides Correa, a quien ningún peruano puede negar su autoridad en esta materia concienzuda y cabal, con el apasionamiento que brota de la sangre de su padre, que quedó demostrada en su vida fructífera. Cuando el ex presidente Augusto B. Leguía resultó perseguido con impunidad inquisitorial, después de su derrocamiento por la revolución de Luis M. Sánchez Cerro, Benavides Loredo fue su abogado en este proceso “de juzgamiento al ex mandatario”, pobre y abandonado. En un país en que se adula al presidente de turno y persigue sin piedad al hombre derrocado, se le somete a procesos kafkianos. Los hábitos coloniales no cambian en nuestro país. Así, Benavides Loredo tuvo la hombría de asumir el reto de constituirse en abogado del presidente caído y perseguido con saña furibunda, con el prestigio de ser un distinguido profesor de Historia del Derecho peruano, en la Facultad de Derecho de San Marcos, con importante bagaje intelectual en sus hombros. Don Alfonso Benavides Correa heredó los genes y su vida de conducta férrea, constituyó una lucha incesante y sólida por los derechos del Perú, en cuestiones de límites y petróleo.

Para retomar el tema, Benavides Correa era de opinión que Chile combatía el arbitraje obligatorio “por vulnerar el principio de su soberanía” (Alfonso Benavides Correa. Una Difícil Vecindad. Lima, Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1988, p. 63). El país sureño tenía sobre sus espaldas una “espada de Damocles”, que era la posibilidad de que un laudo arbitral le fuera desfavorable y se vería obligado a devolverle al Perú, no sólo Tacna y Arica, sino Tarapacá arrancado con la fuerza bruta sustrayéndonos del dominio peruano. También el jurista peruano doctor Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco, con meridiana claridad, fijó las violaciones de Chile al Tratado de Ancón. Reiteramos que Chile no tenía dominio sino posesión sobre Tacna y Arica. Lamentablemente el arbitraje sobre el destino de Tacna y Arica no fue otorgado a un distinguido jurista o a un tribunal internacional sino a un presidente que fue político “famoso por los escándalos a él ligados”. (Jorge Basadre Grohmann. La Vida y la Historia. Lima, Ediciones, Copé, 2007. p. 325).

El 4 de marzo de 1925, el presidente norteamericano de la Comisión Plebiscitaria declaró procedente el plebiscito y “su laudo significaba básicamente tanto que sólo por este medio debía definirse la soberanía del territorio de Tacna y Arica ya que cuanto que Chile no tenía soberanía” (Alfonso Benavides Correa, op. cit., p. 63)

Pero Chile es inescrupuloso en manejar su política exterior. Su tara no ha variado. Llegó a expresar que si el plebiscito le era desfavorable buscaría un arreglo fuera de éste. En buena cuenta, no iba a cumplir el laudo si éste le fuera desfavorable.

La Comisión Plebiscitaria empezó a realizar su tarea jurídica en agosto de 1925. Pershing pudo constatar de inmediato que no existía el libre albedrío de la población de Tacna y Arica para realizar válidamente un acto jurídico de esta naturaleza.

La realización de un plebiscito es una consulta sometida a votación para decidir algún asunto de estado. Mal cabía ejecutar este acto solemne presidido por el general Pershing. El acto de consulta popular tiene su origen en la voluntad popular la misma que no debe de estar libre de taras y vicios, que invaliden el consentimiento, como instrumento de la libertad humana. El plebiscito a ser realizado por el destino final de Tacna y Arica era irrealizable por las manipulaciones groseras efectuadas por Chile en la población lo que convertía el acto en una farsa, pero que de haberse realizado, el Perú habría sido el triunfador. El general Pershing expresó que “el plebiscito era impracticable” en las condiciones que prevalecían en el territorio “y después el Presidente de la Comisión comunicó su partida a los Estados Unidos sin precisar si retornaría o no” (cit. por Alfonso Benavides Correa, op. cit., p. 66)

Ante tales hechos, el general William Lassiter quedó encargado para continuar con las deliberaciones sobre el destino de Tacna y Arica ante la renuncia de Pershing a la presidencia de la misma. Este militar norteamericano, al poco tiempo de ejercer su cargo, constató que el clima hostil generado por el siniestro corvo chileno impedía la realización “de un plebiscito libre y correcto” y que este no podía tener lugar dadas las condiciones de coacción e intimidación contra los peruanos. Así, lo declaró Lassiter el 9 de junio de 1926 y a los pocos días se retiró de Arica con su personal y lo hizo también después la delegación peruana.

El plebiscito sobre el destino de Tacna y Arica no pudo ejecutarse por la mala fe chilena que burló e hizo añicos el Tratado de Ancón. Al haber incumplido Chile expresamente este instrumento internacional, quedaba caduco y sin efectos jurídicos algunos por lo que debía Chile devolver al Perú, tanto Tacna y Arica. Fue, además, cláusula esencial del referido Tratado de 1883 el numeral tercero del mismo que establecía la posesión de Chile sobre Tacna y Arica sólo por diez años, bajo la condición expresa e irrevocable de ejecutar un plebiscito en votación popular para decidir su destino. La fulminación del parágrafo 3° de este documento inicial que fue írrito y nulo por la violencia e intimidación con que fue suscrito por la imposición ilegal de Chile, lo hizo derrumbarse como un simple castillo de naipes.

Como expresó el escritor Javier Marías al ser incorporado en la Real Académica Española como miembro de número, su discurso es aplicable en parte al plebiscito de Tacna y Arica que fue “una especie de trampantojo, un embeleco, una ilusión, una entelequia y una pompa de jabón. En este fondo estaba destinado al fracaso y, además, era imposible”. Pero, en la sustancia esencial, constituyó un triunfo para el Perú: el intento de cumplir la palabra, su persistencia, tesón y valentía, la movilización de los plebiscitarios, el agotamiento de sus fuerzas viriles, la tenacidad a toda prueba pese a las adversidades. Para Chile constituyó una gran derrota: demostró su notoria mala fe y falta de cumplimiento del Tratado de marras. Faltaría mucho tiempo para normalizar estas ocupaciones ilegales.

Los plebiscitarios peruanos y peruanas que viajando por todo medio posible a la realización de este acto frustrado, burlar los peligros sobre sus vidas e integridad física, viajaron a Tacna y Arica en esta gesta heroica que siempre debemos recordar con amor a la Patria y la sublime abnegación que constituyen páginas heroicas del Perú. Ellos fueron los vencedores del Plebiscito, héroes anónimos sin fusiles ni bayonetas.